Esquí y snowboard Junín de los Andes Sociedad

Creó un club a pulmón para que los chicos se enamoren de la montaña

Gabriel San Martín trabaja como gasista y destina sus ganancias a comprar equipos y enseñar esquí y otras actividades a los chicos de todas las clases sociales.

En medio de la nieve y el viento blanco, entre sus riscos más escarpados, su terreno hostil, su clima inhóspito, en medio del aire que te falta, la montaña también es un refugio. O al menos así lo ve Gabriel San Martín, un ex soldado que trabaja como gasista matriculado para comprar, peso a peso, las cuerdas y los esquíes que persiguen un único objetivo: que todos los chicos de Junín de los Andes se enamoren de la cordillera y encuentren en ella una vocación vital, un mayor compromiso ambiental y una red de contención para alejarse de los consumos problemáticos.

Gabriel estuvo en el Ejército entre 1995 y el 2003. Cuando abandonó la fuerza, pululó entre varias profesiones para ganarse la vida y sostener a su familia. Y cada vez que podía, explotaba al máximo su amor por la naturaleza. Hundía el remo en los ríos cristalinos de la cordillera y sentía cómo el aire le golpeaba la cara cada vez que se tiraba desde una tirolesa. Y su rutina de escalada, esquí y campamento le dieron una serie de habilidades que, años después, podría transmitir.

Todo el dinero que ahorraba como gasista matriculado lo invertía en equipamiento para la montaña. Junto a su hija Gabriela, su fiel compañera de aventuras de 23 años, juntaron los fondos necesarios para coleccionar kayaks y canoas, remos, chalecos salvavidas, esquíes, botas y cuerdas. Y con todo eso entre las manos, sintieron el deseo de compartir su acervo con todos los habitantes de Junín. Especialmente con los más chicos, y más aún con aquellos que no iban a la montaña porque les era imposible pagar el alquiler de los equipos.

Con esa premisa, en junio de 2018 crearon el Club Esquiadores Costanera, un proyecto social que busca hermanar a los niños y adolescentes de la zona con el ambiente circundante. En estos años, más de 900 chicos de la ciudad y los alrededores hicieron deportes de montaña y actividades de supervivencia bajo los impulsos docentes de Gabriel y Gabriela. “Es un club social de capacitación, integración y contención”, dijo él.

Gabriel no cobra una cuota y no puede vivir de esta actividad. Por el contrario, intercambia sus trabajos de instalaciones de gas por más equipamiento o por algunos materiales que necesitan los chicos. Con el paso de los años, la comunidad de Junín también se sumó a la propuesta, y comenzaron a hacer donaciones para sostener el club.

“Muchas cosas me las dieron otros compañeros soldados”, detalló San Martín. “Yo no lo tomo como una donación sino como un préstamo, porque si el club se disuelve yo me quiero encargar de devolver cada cosa a quien corresponde”, detalló.

Su aporte solidario es bien recibido entre su círculo más cercano. “Todos me felicitan por el club y todos aportan lo mucho o lo poco que tienen”, dijo y agregó: “A veces me ayudan con los equipos de comunicación, con lo que tengan”.

También reciben el aporte de quienes se ofrecen como voluntarios. Un médico jubilado cocina para los chicos después de sus extenuantes jornadas en la montaña. Alguna enfermera del pueblo siempre los acompaña. Y también hay otros que aportan parte de su tiempo para acompañar a los chicos en sus tardes de aventura.

Gabriel llegó a un acuerdo con los Parques Nacionales Lanín y Nahuel Huapi para usar esos espacios geográficos. Tampoco es tan fácil. Para ingresar, debe hacerlo en un transporte habilitado y con cobertura de un seguro médico, que él paga vendiendo rifas. “A veces una empresa de Junín nos hace precios por las combis, y otras veces nos presta una la Municipalidad y nosotros le pagamos al chofer”, detalla.

Su trabajo de gasista le permite manejar sus propios horarios para dejarse fines de semana libres durante todo el año. Hay un grupo fijo de entre 50 y 70 niños y adolescentes que salen con él cada sábado. Arrancan a las 8 de la mañana y recién están de vuelta a las 8 de la noche. En verano reman en kayak, escalan y se tiran de la tirolesa. En invierno, se suben a los esquíes para aprender a deslizarse. También aprenden a encender fuego, a atar nudos y otras habilidades del campamento.

Para Gabriel, los días en la montaña con una oportunidad para descubrir vocaciones. “Muchos vienen hace varios años y me dicen que quieren ser guardaparques, guías de montaña o instructores de esquí”, afirma. Su principal objetivo, sin embargo, es vincular a los niños y jóvenes con la actividad física, la naturaleza y la vida sana. “Más están acá, menos están en la calle cerca del alcohol y las drogas”, se reconforta.

En el invierno, el Club Esquiadores Costanera es la única oportunidad que tienen los chicos de bajos recursos de practicar los deportes de nieve. “El esquí es muy caro por los elementos, pero nosotros le damos todo y yo les enseño a esquiar”, señaló Gabriel. Después de varios años de actividad, consiguió que los adolescentes con más experiencia den las primeras lecciones para los chicos.

“Yo creo que hay que darles responsabilidad, si confiás en un chico de 13 años que ya sabe esquiar y le decís que le enseñe a otros y le das un handy, ellos se ponen la capa de Superman, les hace muy bien estar a cargo y transmitir lo que saben”, sostuvo el ex soldado. Así, el club de montaña se convierte en una instancia de educación no formal para cientos de adolescentes de la zona.

SI bien el club es gratuito, San Martín explicó que a él asisten niños y niñas de todas las clases sociales. “Los almuerzos en la montaña los hacemos a la canasta y les decimos que todos tienen que aportar algo; cuando cocinamos en el refugio está el que lleva la carne y el que aporta una zanahoria, pero todo después se comparte”, dice y agrega que los más grandes también ayudan a cocinar.

“En la merienda hacemos chocolate caliente; cargamos los 15 litros de leche y ellos rallan el chocolate con un rallador”, relató sobre las necesarias calorías que incorporan a la tarde después de pasar varias horas esquiando. Con estos hábitos cotidianos, buscan crear espíritus colaborativos y un fuerte sentido del compañerismo, con los deportes de nieve como excusa.

Si bien la mayoría de los niños de la zona ya conocen la nieve, el club también recibe a los niños de otros parajes que se suben por primera vez a las tablas de esquí. Así, los que provienen de familias de menores recursos descubren nuevas posibilidades en la cima de los cerros.

Gabriel prefiere no buscar sponsors. “No me gusta pedir comida en la radio o en los negocios, por eso llevan todo a la canasta; tampoco me gusta mendigar el transporte, pero siempre dependemos de la disponibilidad de la Municipalidad”, se lamentó. Por eso, su mayor anhelo es contar con una traffic propia.

Él ya se la imagina. Un transporte con el logo del Club Esquiadores Costanera que sea parte de la identidad de todos esos chicos. Un vehículo seguro que los lleve a renovar su compromiso con la cordillera. Y lejos de quedarse con los brazos cruzados, ya planificó un desafío para conseguirlo.

“Tenemos la idea de hacer una travesía en kayak desde Junín hasta Neuquén capital, en diciembre o en enero”, se entusiasmó. Al principio, iba a remar solo con su hija Gabriela. Pero pronto sumó más voluntades: remeros experimentados se ofrecieron a acompañarlo, y otros ofrecerán apoyo logístico desde la ruta y en los campamentos para descansar cada noche en los ocho días que dura el viaje.

El objetivo es dar a conocer su club de montaña y recaudar fondos para un transporte propio. Gracias al acompañamiento de la comunidad, también podrán remar con ellos ocho niños del club, que son los que se sienten más seguros en el agua y pueden afrontar tamaño desafío.

Aún faltan varios meses para hacer la travesía, pero ya comenzaron a gestionar los permisos para acercarse a las represas diseminadas por el río. El ex soldado comentó que en septiembre, cuando el tiempo mejore, realizarán el primer recorrido de reconocimiento, para evitar problemas de seguridad. También buscan que otros palistas con experiencia se sumen a la propuesta desde otras localidades.

“Queremos que se sumen a remas desde Piedra del Águila, desde Arroyito, desde Plottier, cualquier distancia vale”, se entusiasmó el guía, que proyecta una nueva aventura como motor para sostener la motivación de su grupo.

Además de permitir que muchos niños de parajes cercanos a Junín de los Andes esquiaran por primera vez, el club también los dejó vivir experiencias inolvidables, como remar por el río de noche, usar un arco y flecha o compartir un picnic a 3 mil metros de altura. Sin embargo, la autogestión del club les enseña el valor del esfuerzo y la perseverancia, el trabajo solidario y colaborativo, la importancia de proponerse metas futuras.

Gabriel y su hija mantienen firma su premisa de compartir con los chicos su amor por la naturaleza. Buscan ofertas de kayaks con precios rebajados porque están rotos; los compran, los arreglan y los destinan al club. Y sueñan con expandir este espacio de contención a los neuquinos de otras localidades. Aunque no tienen forma de acercarlos hasta los Parques Nacionales, aseguran que sus brazos están abiertos para los niños y adolescentes de toda la provincia.

Por Sofía Sandoval – fuente: LMN

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