Sociedad Turismo

Villa Traful: Una aldea secreta en el bosque neuquino

Rodeado por el sector Norte del Parque Nacional Nahuel Huapi, el pueblo ofrece buceo, cabalgatas, trekking y pesca.

Voy por la Ruta de los Siete Lagos desde Villa La Angostura a San Martín de los Andes y a la media hora de viaje un cartel me tienta a cambiar de rumbo: “Villa Traful 27 kilómetros”. No sé casi nada sobre esa localidad y acaso la sonoridad del nombre me seduce: doblo a la derecha y me dejo llevar por el camino de ripio.

Avanzo y el bosque comienza a elevarse con cañaverales y gruesos troncos de coihues y ñires de 40 metros: entramos a un túnel vegetal y a la izquierda aparece a flashazos el lago Traful semi tapado por la vegetación. El túnel de troncos y copas unidas en la altura se acaba de golpe y a la izquierda aparece completo el espejo de aguas planchadas. A la derecha se eleva la suave pendiente de una ladera erizada de casas triangulares de madera desperdigadas entre pinos, ñires y cipreses. Y al fondo, monumentales picos de granito con restos de nieve apuntan como flechas al cielo.

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Veo a un hombre cortando el pasto en las 3 hectáreas de su jardín con 10 cabañas y me detengo a conversar. Es Roberto Fontana: se instaló en Villa Traful hace 20 años luego de 18 campañas antárticas como biólogo marino, sumando 9 años netos en el continente albino.

– Yo estaba buscando un lugar donde instalarme y después de la vida que venía teniendo, irme a la ciudad hubiese sido terrible. Mirá hacia esas montañas al fondo de mi casa y lo entendés. Ahora mirá otra vez y pensalo desde la perspectiva de un viajero: ¿qué sentido tiene ir a Suiza teniendo este paisaje en la Patagonia? -pregunta Fontana y no encuentro cómo refutarlo. Incluso hay aquí dos chocolaterías artesanales. No sé en verdad si exagera pero el argumento comparativo me convence: decido quedarme unos días aquí.

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Nos instalamos en una cabaña y conversamos con Fontana. Cuenta que Villa Traful tiene 850 habitantes y solo edificaciones bajas. Está en un gran valle glaciario a orillas del lago que se ve desde todos lados. Por momentos esto me remite a la campiña inglesa con vacas lecheras y ovejas pastando en los prados.

Varias cosas escasean aquí: restaurantes de alta cocina, hoteles cuatro y cinco estrellas, bancos (están terminando de construir el primero), muchedumbres, discotecas, ruido y contaminación. Un generador provee la luz eléctrica. Y sobreabundan espacio abierto, lagos transparentes, arroyos de deshielo, retamas florecidas de amarillo luminoso y aire puro con aroma a verde.

Buceo en el bosque

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A la mañana hacemos la excursión más original del pueblo: un bautismo de buceo en un bosque semisumergido de cipreses. Desde el pequeño muelle parten dos lanchas: una con pasajeros que mirarán el bosque acuático desde la superficie –sobresale en las aguas transparentes– y otra con los que vamos a bucear.

En 10 minutos navegamos a la orilla opuesta quebrando el espejo de agua. El capitán apaga el motor y aparecen algunos de los 60 árboles de hasta 35 metros de altura parados en el fondo del lago, ya sin hojas. La superficie de las aguas inmóviles es perforada por las ramas de lo que fue la copa de estos árboles ahogados. Pero es tan cristalina que desde la borda veo los troncos completos hasta la base: estos cipreses murieron de pie y no se pudren por la baja temperatura del agua. Están así por el deslizamiento de un sector de la ladera.

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Las truchas marrón, arco iris y fontinalis pasan como rayos bajo el gomón y de repente veo a una zamparse un cadis que flota en el agua a un metro de mis ojos. Atracamos en la playa para ponernos los equipos. Una pareja cordobesa entra al agua con el de snorkeling para curiosear el singular cementerio de árboles desde la superficie. Los buceadores con traje de neoprene y tubos de aire comprimido ingresamos caminando a la dimensión surrealista del bosque. Nos sumergimos y en el fondo distingo árboles caídos: coihues cuyas raíces son poco resistentes.

Ya en el fondo

El guía nos conduce por estas aguas de deshielo con visibilidad perfecta, un irregular laberinto de madera como acaso no exista otro. En el fondo se ven los restos del derrumbe con grandes rocas. La sensación es la de volar en cámara lenta entre los vericuetos de un bosque fantasmal con rayos oblicuos de luz. A los 20 minutos salimos del agua y al regreso el guía detiene la lancha conmocionado: – Miren, un falaropo –dice bajito y señala un patito gris con pico largo y negro que parece levitar en el agua. Es muy bonito pero no entendemos del todo su emoción.
– Porque es una figurita muy difícil, casi imposible de ver en este lugar. Debe haber llegado perdida por alguna tormenta –agrega el guía obnubilado.

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El segundo día lo dedicamos a recorrer a caballo la estancia Río Minero. Al llegar, los equinos ya están ensillados y comenzamos a paso lento por densos bosques a la vera de un potente río que baja de la montaña. Nos guía Lucas, miembro de la familia criolla Lagos que lleva tres generaciones en estas tierras. Me cuenta que Río Minero tiene cuatro cabañas junto al río, donde descansar contemplando la montaña tras los ventanales. Los viajeros suelen quedarse varios días. Los chicos salen con la familia Lagos a ordeñar vacas, amansar potros, cosechar frutillas, hacer pan y darles de comer a los chanchitos. Además se organizan salidas de pesca de truchas y salmón encerrado, cabalgatas más extensas para avistar ciervos y cóndores, y hasta una travesía a caballo de cuatro días durmiendo en carpa.
Nos detenemos en una playita de arena blanca para almorzar a la sombra de los árboles y Lucas cuenta la historia de la estancia:
– Mis bisabuelos se instalaron aquí en 1911. El pionero fue Feliciano Lagos, un español que comerciaba con mapuches hasta que una vez lo tomaron cautivo en Zapala y lo llevaron a Chile. Allí estuvo apresado cuatro años y conoció a Margarita Quezada, una mestiza con sangre negra y tehuelche que vivió 100 años. Era hija del cacique local. Mi papá la recuerda bien: era alta como los tehuelches. El hecho es que Feliciano negoció su liberación y Margarita se vino con él a instalarse acá.

A caballo por la estancia

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A media tarde regresamos al casco de la estancia para conocer a Don Osvaldo, padre de Lucas: “En este galpón de madera nací yo y mi esposa Leonilda nació en Traful. Siempre nos dedicamos a la cría de hacienda hasta que en 1984 una nevada me mató casi todos los animales. De 700 ovejas quedaron 40 y una veintena de vacas. Ahí fue que decidí abrir un restaurante en la estancia. Luego construimos cabañas y ahora nos dedicamos sólo a esto. Nos autoabastecemos de comida y nos va mejor que antes pero con menos trabajo”.
Don Osvaldo es más campesino y pastor que estanciero en el sentido clásico. En los últimos años le han ofrecido varios millones por sus tierras y los rechazó: “Esta es mi única vida posible, la que me gusta; vos estuviste todo el día cabalgando por mi cerro. Decime si esto puede tener precio”.

Datos útiles

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  • Cómo llegar: desde Bariloche son 100 km por las rutas provinciales 237 y 65 (los últimos 35 km son de buen ripio).

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