Carta de Lectores Sociedad

“Me pregunto si ese blindaje hacia lo externo no contribuyó al relajamiento o a la resistencia a la observancia de protocolos”

Sr. Director:

Una reciente carta de lectores del doctor Samuel García (con el que comparto apellido pero no tengo ningún parentesco) suscitó en este diario un inusual número de comentarios y adhesiones de tal magnitud que me ha incentivado a realizar este aporte. No pretendo aquí poner a prueba todas sus afirmaciones, varias de las cuales comparto (aunque no la de inmunidad de rebaño), ni tampoco abrir la discusión sobre si es factible y sostenible en el tiempo habilitar una unidad de cuidados intensivos en el hospital público, tal como lo reclama un grupo de vecinos. Sólo he de compartir aquí mi experiencia personal de cómo convivo con el virus una vez que ha entrado en una comunidad.

Estábamos con mi esposa en mi casa en la Villa, con planes de regresar el 21 de marzo a mi domicilio de Olivos, provincia de Buenos Aires, cuando nos sorprendieron la pandemia y las medidas de aislamiento dispuestas por las autoridades nacionales, provinciales y locales.

Pocos días después, se anunció que una familia residente en la Villa había regresado del extranjero y se había confirmado que eran portadores del Covid-19. Una detección a tiempo, un cumplimiento estricto de aislamiento domiciliario, y la solidaridad de vecinos que asistieron a sus cuatro miembros ayudándolos en la realización de compras y otros artículos de necesidad evitaron la propagación del virus. Vaya mi agradecimiento a la familia que observó los protocolos.

Mientras tanto la Villa se cerró, como lo hicieron muchos municipios en diferentes puntos del país. Mi estadía estaba en una burbuja, con los portadores aislados y sin ningún signo de circulación comunitaria, sin embargo, sólo salía una vez por semana para hacer las compras esenciales respetando el distanciamiento, y usando barbijo. Tres meses después, merced a una disposición especial del P.E.N., pude regresar en automóvil a mi domicilio en Olivos, donde yo y mi mujer hicimos dos semanas de aislamiento. Una de nuestras hijas nos asistió en la compra de víveres y otros elementos de necesidad. Los protocolos de aislamiento se fueron reduciendo y las restricciones de circulación se fueron liberando parcial y paulatinamente.

Entre tanto cambiaron dos cosas: el número de casos de infectados de Covid-19 aumentó dramáticamente en el área metropolitana de Buenos Aires, y el tiempo pasó inexorablemente. La duración de las restricciones tuvo un impacto profundo en las actividades económicas y laborales, pero también en la población en general, porque afectó las relaciones familiares, las sociales, la educación y el esparcimiento. Con ello se debilitaron las prácticas preventivas de atención y control de otros aspectos de la salud, y fue creciente una sensación agobio y fatiga, algunos experimentaron estados psicológicos de desánimo, ansiedad, depresivos, etc.

El estrés emocional y psicológico indujo -aunque no fue la única causa- a adoptar actitudes y prácticas de rebeldía, resistencia, desatención a los protocolos y normas de cuidado, que no sólo constituyen una auto puesta en riesgo, sino que crean las condiciones para la puesta en riesgo de las personas con las que tomamos contacto.

En el área metropolitana el virus estaba y está rondando, y tuvimos que aprender a convivir con él. Ello implica no sólo conocer, sino poner en práctica los protocolos, reduciendo las salidas no indispensables, manteniendo en el ámbito público el distanciamiento físico, usando correctamente la mascarilla, lavándose las manos e higienizándose con frecuencia, sanitizando los productos que entran en la casa, ventilando los ambientes cerrados, y especialmente, absteniéndose de realizar en lugares cerrados reuniones con las personas con las que no se convive, y manteniendo estricto distanciamiento y protecciones de barrera en ocasión de encuentros públicos (en algunos partidos se autorizan ahora encuentros públicos en parques y otros lugares abiertos).

La abstención de contactos ha sido dura, especialmente cuando se ha tratado de evitar contactos con los adultos mayores de nuestras familias. También ha sido importante recurrir a tests de detención precoz ante el primer síntoma, con la conciencia de que no somos nosotros, sino los profesionales médicos los competentes para juzgar si es necesario un test de detección, y muy especialmente, informar a nuestros contactos recientes si hemos tenido síntomas sospechosos de coronavirus hasta que se determine o descarte un caso.

Hemos intentado observar todas estos protocolos sin paranoia, pero con atenta precaución. Por cierto, hay algunos miembros de la población que no la observan, y esa desatención explica la existencia de focos o brotes que serían evitables. La conciencia actual de que no todos atienden los protocolos nos lleva a una precaución adicional: podemos garantizar cómo ha sido nuestra propia conducta, pero no podemos estar seguros de que quienes eventualmente se reúnan con nosotros también han observado los protocolos. Por lo tanto, nos abstenemos de reuniones en lugares cerrados y restringimos el número de contactos públicos, aunque el riesgo de contagio al aire libre sea menor.

Hasta ahora no nos hemos contagiado, pero somos conscientes de que nadie está a salvo, y tratamos de hacérsela lo más difícil posible al virus para que no nos alcance. No pretendemos constituirnos en ejemplo de nada, simplemente compartir la experiencia de que es posible convivir con el virus.

La situación en el país no es homogénea, varía por regiones o ciudades, el mapa es dinámico, sin casos, con casos o brotes aislados, con circulación viral comunitaria.

Qué pasó en la Villa? Desde el caso “importado” por la familia angosturense hasta la semana pasada no hubo casos de infección detectados. Tengo la impresión de que se vivía en una burbuja en la creencia que haciendo resistente su membrana externa el virus no entraría.

De modo que la Villa se blindó. Me pregunto si ese blindaje hacia lo externo no contribuyó al relajamiento o a la resistencia a la observancia de protocolos que es la causa de la propagación del virus. Intuyo que dentro de la coraza alguien no respetó los protocolos. Un residente volvió contagiado de una localidad donde hay casos de infección y no observó estrictamente el aislamiento, porque se contagiaron personas que no integraban el núcleo convivencia familiar donde debía observar el aislamiento. Un trabajador proveniente de una ciudad donde circula del virus, autorizado a ingresar a la Villa, no respetó de modo estricto el aislamiento, porque, según se informa, se alojó en un lugar con otras personas que no eran convivientes.

No se trata de echar culpas, sino de señalar que el relajamiento de los protocolos y las reuniones son el verdadero caballo de Troya con el que el virus se expande en la Villa. Intuyo también que la engañosa sensación de seguridad que daba el blindaje externo tuvo un efecto negativo sobre la adopción y mantención de prácticas preventivas. Si uno no aprecia suficientemente que son las reuniones de personas uno de los ámbitos más propicios para la difusión del contagio, entonces menosprecia el efecto difusor que tiene la inobservancia del aislamiento.

En general el virus no se difunde porque uno lo porte, sino porque uno se reúne con otros. Las prácticas de aislamiento y de distanciamiento no sólo deben ser comunicadas, sino aprehendidas. Bastan dos ejemplos: creo injusto atribuir a turistas o pasantes el foco y difusión del virus en Loncopué y en Santa Rosa, que se manifestó en un relajamiento en asados y reuniones masivas.

Los residentes son especialmente responsables de contener el virus. Los pasantes, o los turistas, deben respetar todos los protocolos de distanciamiento, incluso de aislamiento, si fuese el caso, pero difícilmente hagan encuentros o reuniones con residentes, porque por lo general aquéllos no tienen conocidos en la Villa.

Un lector de este diario usa este latiguillo para defender el aislamiento extremo: “Sin vacuna no hay protocolos”. El aislamiento extremo es impracticable, y de hecho el latiguillo es un sofisma, porque todavía no hay vacunas, ni sabemos cuándo estarán disponibles masivamente, y sin embargo en la Villa hay protocolos: para el ingreso de víveres, medicamentos y otros bienes necesarios, protocolos para la circulación interna, protocolos para los comercios, etc. Respondo a ese latiguillo con otro: “Sin protocolos no hay salida”.

Creo que las autoridades están lentas en la elaboración de protocolos: qué protocolos establecer con respecto al ingreso de los propietarios no residentes, qué protocolos establecer para la admisión de turistas. Qué política de difusión y concientización para la adquisición de prácticas de observancia por los propios residentes, en particular para abstenerse de reuniones en lugares cerrados con personas con las que no se convive, porque uno puede ser responsable de todos los cuidados, pero no hay garantía alguna de que un no conviviente respete los protocolos de distanciamiento e informe lealmente si no los respeta.

Hoy se objeta que el hospital local no tiene una unidad de terapia intensiva, y algunos vecinos reclaman que se instale una. Se contesta que es impracticable, o que es muy costoso en el largo plazo. No se advierte que el costo económico del blindaje es soportado por la asfixia de la actividad privada de modo directo, y por los contribuyentes de modo indirecto. Si no hay UTI en el hospital local, porque según se dice es muy costoso, hay que explorar otras opciones menos costosas que las que produce directamente el cierre o estrangulamiento de la actividad económica.

No todo el país tiene la misma ratio de ocupación de unidades de cuidados intensivos, por lo que podrían realizarse acuerdos de recepción en otras ciudades o provincias, mediante el transporte sanitario, sea terrestre, sea aéreo, según lo exija el caso. Los pocos casos aislados que lo hiciesen necesario seguramente implicarán menores costos que el costo que hoy se le impone a las fuerzas económicas de la Villa.

Y si todavía hay algún habitante de la Villa que cree de buena fe que es más sensato sostener que “Sin vacunas no hay protocolo”, ese habitante puede quedarse en su casa, a resguardo, y hay que ofrecerle la solidaridad de todos los demás que creen que “Sin protocolo no hay salida”, asistiéndolo para que tenga acceso a los víveres y medicamentos que necesite. Porque no es equitativo que todos estén encerrados, porque algunos viven con terror de contagiarse. Un protocolo de asistencia solidaria también se impone. Seamos optimistas, “hay salida”.

Luis García

D.N.I. 13.410.464

Olivos

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