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Pandemia: Entre la realidad y la ficción

Los medios, la pandemia y la “catastrofización” del mundo. Una mirada filosófica sobre el tema

*Por Nahuel Michalski

Considero que el contexto global actual invita a la revisitación de una reflexión filosófica por demás importante. Y es la siguiente: ¿cómo enfrentarnos al mundo de la información y a las condiciones anímicas por éste generadas? Por supuesto que no nos estamos refiriendo aquí a la clásica batalla entre la verdad racional y la mentira irracional, entre lo “real” y lo “falso”. Esa mera separación axiomática y cuasi veritativa no solo no se encuentra aún muy bien delimitada en el campo de la epistemología, sino que, como dijo Unamuno en El sentimiento trágico de la vida, tampoco ha hecho mucho en términos de emocionalidad humana. De lo que estamos hablando, contrariamente, es sobre el modo en que literalmente el mundo de la información, su vitalidad propia, sus fuerzas, sus dimensiones, su “cyberestructura” particular, nos interpela de manera vital, nos construye una cierta percepción de las cosas y un correspondiente estado de ánimo. Y es que siempre he pensado que al poder no le importa lo que pensemos, sino lo que sintamos, las emociones que traslademos de un lado a otro y con las que seamos capaces de “infectar” a otros o no. Como señaló el eminente filósofo italiano Giorgio Agamben, lo que no deberíamos perder de vista es “el estado de miedo que evidentemente se ha extendido en los últimos años en las conciencias de los individuos y que se traduce en una necesidad real de estados de pánico colectivo”.

En esta fase histórica y cultural tan singular a la que asistimos, y en el marco de lo recién dicho, he observado que particularmente en ésta semana hemos sido testigos de la  “catastrofización” del mundo, de su conversión en una narración del apocalipsis, absorbiendo toda la carga emotiva que esto obviamente implica para una especie humana que desde hace más de tres millones de años se esfuerza por sobrevivir en esta infinitésima región del cosmos. Y esto sucedió (o “lo sucedieron”) como si nada trágico hubiese ocurrido aún en la humanidad, como si lo que ahora tiene lugar fuera una anomalía inédita y brutal en una existencia social global que anteriormente era perfecta, armoniosa, solidaria y cooperativa. Como si los sistemas sanitarios globales no estuvieran ya colapsados desde hace décadas en un mundo donde casi la mitad de la población es pobre y muere sin ninguna clase de asistencia médica. Como si no fuese cierto que casi el 20% de las personas del mundo concentran el 90% de las riquezas, mientras el resto lucha por vivir. Entonces, ¿por qué entramos en pánico ahora cuando nos dicen que los hospitales no dan abasto? ¿Será porque nos preocupa realmente la eficiencia de tales sistemas sanitarios en los Estados globales y sus relaciones con las discusiones entre intervencionismo y libre mercado, estatización y privatización, o porque por primera vez en la vida sentimos que los que podemos estar en problemas somos nosotros y no ya los “pobres del mundo” que, por cierto, ya fueron excluidos de los tratamiento médicos básicos hace décadas?

Parecería ser entonces que hay catástrofes y CATÁSTROFES. Algunas nos gustan más y otras menos, algunas son más tolerables y otras insoportables, como las series o las películas. Y la selección intelectual y emotiva de importancia, legitimidad y credibilidad que hacemos entre ellas y sus diversos relatos, tramas y simbologías, llamativamente parecería siempre coincidir, un poco más o un poco menos, con la selección y el recorte realizados por los medios masivos de comunicación. Pues, ¿acaso se ha visto alguna vez que el sentido común colectivo, las formas de consenso y disenso, y la percepción de la realidad de una determinada comunidad resulten ser algo absolutamente ajeno, diferente y para nada familiar con lo que ocurre en las pantallas de la TV? ¿Acaso no sucede que comenzamos a preocuparnos cuando se nos avisa que llegó la hora para ello? ¿Y no es también cierto que nos plegamos a esto o no, pero siempre con el mismo timing en el que surge la información mediática? Y es que la TV en general, y los medios masivos de (in)comunicación en particular poseen esa especialísima potencia: construir y ordenar no sólo la percepción de lo real y las cargas emotivas que depositamos en ella, sino también las formas de consenso y disenso, acuerdo como desacuerdo. El poder, como enseñaba el filósofo Michel Foucault, puede decirnos tanto cómo acordar con el, naturalizarlo y reproducirlo intelectual y emocionalmente, como también de qué forma ser “críticos” y “disidentes”. Pues, el poder es omnímodo, multiabarcante, totalizante, y retiene sobre sí la gestión de lo verdadero y lo falso, lo real y la ficción. Sus estructuras discursivas, lingüísticas y simbólicas primarias se propagan inconsciente y automáticamente por el mundo entero gracias al control de la información y la acrítica repetición de ésta por parte de importantes sectores de la sociedad. Y así, sabe señalarnos si debemos preocuparnos o no por la potencial devastación sanitaria-económica-estatal y, sobretodo, en qué grado, por cuánto tiempo y con qué justificativos. Ya lo dijo Chomsky: “el gobierno se basa en el control de la opinión pública, un principio que abarca a los gobiernos más despóticos y más militaristas igual que a los más libres y más populares”.

Por supuesto que la sospecha en torno a los modos en que nuestra percepción de la realidad es construida por el bombardeo mediático, los lenguajes, discursos y símbolos hegemónicos, no es algo de fácil asimilación espiritual aunque sí intelectual. Parecería ser relativamente sencillo de conceder que lo verdadero y lo falso se encuentre distorsionado o incluso manipulado en nuestro mundo neo-capitalista, global y tecnológico de hoy. Nadie parecería todavía poder decir con sensatez algo así como “los medios de comunicación muestran la verdad, la información certera”. Pues, de un modo u otro, en mayor o menor medida, en algún lugar de nuestra profunda intuición, si dejamos de lado intereses privados, estereotipos y prejuicios que nublen el razonamiento, podemos reconocer la existencia de intereses singulares, y por cierto bastante explícitos, detrás de lo que actualmente los medios de comunicación denominan “la verdad”. Sin embargo, sí resultaría más difícil que concedamos la manipulación emocional, ese es un terreno que aún no estamos dispuestos a ceder. Lo intelectual lo resignamos, lo emotivo aún queremos protegerlo, pues allí está nuestra sustancia humana. Nos gusta pensar de éste modo: “si, ellos mienten con la información y los datos que suministran, pero a mi nadie me maneja”. Otra vez, no estamos dispuestos a aceptar que el alcance mediático sea tal que deformando nuestra percepción de lo real logre asimismo deformar nuestras emociones mismas, nuestra conciencia profunda. Sin embargo, que no cedamos eso, que no lo queramos aceptar o creer, ¿implica que, en efecto, no sucede? De la no creencia en algo, no se sigue su inexistencia ¿Cómo es entonces que reaccionamos precisamente cuando nos dicen que reaccionemos, del modo y por el tiempo que se nos indica? ¿Cómo es que avalamos y discutimos, aceptamos y criticamos exactamente en el timing que se espera que lo hagamos? ¿Por qué nos preocupamos ahora por el colapso de un sistema socioeconómico, político y cultural que a ciencia cierta ya se encuentra colapsado desde hace más de cien años? El problema del solipsismo intelectual y emocional se impone, y cabe la posibilidad de que estemos encerrados en falsas seguridades que no son tales, en falsos “escudos protectores”. Se plantea entonces la posibilidad genuina de que el impacto emotivo y el control de los patrones de conducta poblaciones que la manipulación hegemónica de la información genera en nosotros sea mucho mayor de lo que hemos previsto o considerado anteriormente. Mucho más profunda, oscura y multidimensional de lo que nuestras simples barreras de precaución puedan evitar cuando las erigimos con suficiencia y vanagloria al encender el noticiero. Podría suceder, incluso, que al hacer esto digamos tranquilamente “esto es una mentira, está todo manipulado”, pero luego efectivamente nos angustiemos, nos emocionemos de tal o cual manera y terminemos por conducirnos exacta y precisamente en el modo y el tiempo que esas representaciones fugaces de la pantalla seguidas de elocuencias grandilocuentes y trajes con corbata lo pretenden. El terror es prerreflexivo y cala en lo emocional. No se medita, no se piensa, pero opera. El cinismo crítico no basta. Como diría Ranciere, hay que saber decirle NO a la puesta en escena, al horror show, sin que ello implique en ningún sentido que nos convirtamos en impávidos, delirantes, despreocupados o negligentes. No se trata de no atender a las precauciones obvias que todo contexto problemático solicita. De lo que se trata es, contrariamente, de saber reconocer la deformación intencionada de los estados emocionales que la malversación de la información nos procura al intentar licuar las fronteras entre lo real y lo ficticio. De lo que se trata, parafraseando al gran filósofo Jean Baudrillard, es de saber reconocer el simulacro.

*Nahuel Michalski es licenciado y profesor en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires, y Doctorando en Ciencias Sociales y Humanidades por la Universidad Nacional de Río Negro. Se especializa en el área de la filosofía política y el análisis cultural a partir de temáticas atinentes a la metafísica del poder, la construcción de subjetividad colectiva y la relación entre discurso y realidad. Ha dedicado los últimos años a la tarea docente, la investigación de grado y la divulgación de la filosofía a través de múltiples plataformas digitales, espacios de encuentro y medios de prensa con el fin de hacer de dicha disciplina un campo público de participación y construcción de ideas.

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